El lagarto no ha vuelto, la piedra sigue ahí recordándole, ungida por el sol que a él le gustaba, pero no ha vuelto... Hace ya uno, dos, tres, cuatro días eso: cuatro días, ahora no los confundo, antes sí, será por eso que no ha vuelto, porque éste es otro tiempo, el de fecha tras fecha, apareció desde el principio, desde que me bajaron al jardín por primera vez, ¡qué nueva era la primavera!, ¡qué tesoro recobrado!, le descubrí en el acto, quieto sobre la piedra, palmo y medio de largo, era una joya espléndida, fastuosa malaquita con grises y oro, en el perfil un ojo de velado azabache, saetera y abismo, sólo mostraba vida su garganta latiendo una piel blanquísima midiendo los momentos, al compás de su sangre, pulso del universo, de un tiempo que no fluye, pura suma de instantes cada uno absoluto, sin principio ni fin, sin torrente ni espuma, reflejos de un estanque, me cautivaba, ignoro cuántos días para mí uno solo, por el aire pasaban sol y luna iban gentes y venían, revolaban palabras, susurraba la brisa, fugacidades todas, y yo en el tiempo inmóvil, el de aquella garganta sobre la piedra: ya, ya, ya ya, ¡qué libertad de lo perecedero!, ¡qué descubrir de permanencias!, y así, ¡qué iluminación, qué claridades!, y por eso no ha vuelto el dios lagarto, porque ahora ya distingo cada fecha, pero nadie me quitará aquellos instantes vividos en su reino, nací de la confusión, me salvé de delirios...
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